martes, febrero 20, 2007

Archivo: Compatriota, dímelo tú (23.3.2003)

Definitivamente, en este apartamento es imposible dormir más allá de las siete de la mañana. Nunca hubiera pensado que tal lugar existiera, pero ni yo mismo -capaz de dormir con los pies en la cabeza- soy capaz de luchar contra estas extremas condiciones matinales.

Me llama Flor para decirme que ella y su marido pasaran a buscarme sobre la 11 para ir a casa de su prima. No sé muy bien a qué tipo de barbacoa vamos a ir y me equipo como para ir a un evento social de gran importancia: pantalones blancos de algodón y camisa a juego.

De camino hacia "los Mogotes", la zona donde está la casa, paramos en el único Carrefour que hay en la República Dominicana para comprar la comida. Metemos en el carrito carne como para alimentar a tres pueblos pero el hermano de Flor -lo hemos recogido por el camino- me asegura que no habrá ningun problema para acabarla.

Jonny es el hermano mayor de Flor y me ha permitido observar de nuevo lo que ayer me ocurrió con los amigos de Miguel. Cuando ha subido al coche ni siquiera me ha mirado, como si no existiera; luego hemos estado hablando los cuatro durante unos diez minutos sin que él haga gesto alguno hacia mí y ahora, de repente, se vuelve hacia atrás y me dice: "¿de dónde tu eres?".

Le contesto un tanto tímidamente, cohibido por su brusquedad, pero una vez que el hielo se ha roto -ayer jugando a baloncesto no llegó a romperse- ya no hay quién le pare. Tanto Flor como Jonny son expertos en música española y aunque en mí han encontrado al peor interlocutor posible -segun mi parecer musical, Raphael y Metallica tienen un estilo similar- eso no les afecta y me abruman con nombres de grupos españoles que yo nunca he escuchado.

Todas las salidas de Santo Domingo tienen un peaje en el que hay que pagar 15 pesos (unos 60 céntimos de Euro) tanto al entrar como al salir. Después de la tasa por "abandonar la ciudad" entramos en la autopista Duarte, donde Miguel puede aumentar la velocidad e ir dejando atrás bares y chiringuitos donde ofrecen patatas asadas, platanos -aquí llamados guineos- y cerveza. Jonny y Flor siguen sorprendiéndome con afirmaciones muy informadas sobre Aznar, Zapatero y la situación política española. Jonny quiere ir a Madrid de vacaciones en Julio y me explica muy seguro de si mismo que a las muchachas españolas les gustan los hombres morenitos como él. Yo no sé decirle si es verdad o no, pero si alguien quiere su email para explicárselo lo pongo a vuestra disposicion.

Ya lo he mencionado en varias ocasiones, pero una de las cosas que más me ha impactado aquí es lo bien que conocen España. El sentimiento es en general positivo y ellos aprecian mucho el que yo de muestras de conocer también su cultura y su historia. Lo que no me atrevo a decirles es que todo esto lo sé porque lo lei antes de venir aquí, y que si alguien me hubiera preguntado algo hace un par de meses no hubiera podido decir más de cinco palabras sobre RD. Esta reflexión me lleva también a pensar que cuando nos reímos de los estadounidenses por no saber nada sobre otros países también nos estamos riendo de nosotros mismos: cada uno es ignorante con los que están -o consideran que están- por debajo de ellos. Y si no, que levante la mano el que supiera antes de leer estas líneas algo tan simple como que RD y Haiti comparten la isla de la Hispaniola. Yo no lo sabía hasta poco antes de venir hacia aquí...

Salimos de la autopista y después de quince minutos por un camino de piedras llegamos a la casa de la prima de Flor. Más que casa yo diria que es un chalet de campo: dos pisos, habitaciones gigantescas, terraza kilométrica, piscina, huerto, corrales, ... No sé quién es la prima de Flor, pero yo no he estado en muchas casas así...

En la terraza, tumbado en una hamaca, hay un hombre mayor con vaqueros, camisa de cuadros y gafas de sol. Va descalzo, con la camisa arremangada y cuando se levanta para estrecharme la mano dice: "Saludos compatriota". Inicialmente creo que no se ha dado cuenta de que no soy dominicano pero dudo sobre esta hipótesis cuando Jonny le saluda efusivamente diciendole "Compatriota, ¿cómo tú estás?".

Despues de saludarnos a todos, el hombre nos dice que "la compatriota" está en la casa pero que va a salir enseguida. Yo ya no me puedo aguantar más y le pregunto a Flor que es eso de compatriota por aquí, compatriota por allá, y ella me explica que Balaguer siempre llamaba a todo el mundo compatriota y que algunos de sus seguidores lo siguen usando. Y por extensión, este hombre ha recibido el sobrenombre de "compatriota": él llama a todo el mundo compatriota y todo el mundo le llama a él "el compatriota". Bastante confuso...

De algun sitio surge una nevera llena de hielo con Ron Barceló, cervezas Presidente, vino chileno y güisqui. Tumbado en una hamaca frente a la piscina comienza un día memorable...

Entre vasos vacíos que se llenan automáticamente, el sol tropical que ilumina las montañas que nos rodean, el ruido de la cascada de la piscina, los gritos de la compatriota que advierten a su hijo sobre los peligros del lado profundo de la piscina, la música de fondo de Sabina, Ana Belen, Aute y otros tantos, las risas de Miguel cada vez que Jonny echa un exabrupto y tantos detalles más que mis palabras no llegan a describir, voy dejándome deslizar entre las conversaciones, cada una de ellas más surrealista que la anterior...

- Ramón, escucha compatriota -me dice el compatriota- en España sabéis hacer vino muy bueno, y como yo voy a cultivar viñas aquí quería que tú me dijeras cuántas uvas necesito para hacer una botella de vino.

- Yo no sé, nunca he hecho vino.

- Mira compatriota, con un racimo así -extiende su mano indicando el tamaño- ¿cuánto vino podría hacer?

- No tengo ni idea, si quiere puedo preguntar a algún amigo...

- Bueno compatriota, después hablamos.

Llegan Isabel y Fernando, un indio -de verdad, de los de la India- y una dominicana. Están casados pero no son los reyes católicos, como ellos mismos me confirman muy serios cuando bromeo sobre el asunto (Ramón... no hagas bromas, me repito una vez más). Fernando es originario del Punjab Indio pero se ha educado en varios países y ahora estudia Medicina en Santo Domingo. Isabel no sé que hace, pero me quita las ganas de preguntar cuando me corrije mi español. Le pregunto que cuanto tiempo les ha costado venir desde su casa hasta aquí y ella me contesta diciendo: "Ramón, no se dice costar, se dice durar. Costar sólo se puede utilizar cuando hablas de dinero". Le digo que sí con la cabeza y me voy hacia la hamaca del compatriota.

- Ramón, contéstame una pregunta compatriota: ¿dónde vive la gente en España? Yo cogí muchos aviones cuando estuve allí y me parecio un país muy árido, completamente marrón.

- Bueno, depende de las zonas por las que vaya. El norte es muy verde, y en el mediterraneo vive mucha gente.

- Mira compatriota, yo en Francia sí que vi campos verdes pero en España era todo tierra reseca.

No me atrevo a replicar más y bajo a ver los corrales, donde patos, ocas, gallinas y guineas -algo similar a una gallina pintada- corren como locas para que nadie les ponga el ojo encima y las elija como cena. Adán, el chico encargado de cuidar la finca, anda trabajando en el huerto y le veo cortar unas yucas, unos tuberculos de carne blanca que constituyen la dieta básica de gran parte de America Latina.

Vuelvo a la piscina, donde el hijo de los compatriotas, Jean-Marcos, está llorando porque le duele un ojo. El compatriota lo sienta en su rodilla y le dice:

- Oye compatriota, no te preocupes. Yo he tenido muchos amigos con un solo ojo y les ha ido muy bien en la vida.

Su hijo llora con más fuerza que antes y va a refugiarse en brazos de la compatriota...

- Ramón, compatriota, dime de dónde tú eres.

- De Zaragoza.

- Y dónde esta eso, compatriota.

- Entre Madrid y Barcelona.

- Pues yo fui en guagua de Madrid a Barcelona y no vi esa ciudad.

- Quizás ibas dormido, compatriota - interviene Flor.

- No, imposible. En esa guagua era imposible dormir, había demasiadas curvas.

- ¡Pero si la carretera es casi recta! - le corrijo.

- Escúchame compatriota: eran todo curvas, y no pude dormir y no vi Zaragoza, compatriota. ¿es un pueblo chiquito?

- Bueno, unos 700 000 habitantes.

- Pues no debía de estar allí cuando yo pasé, compatriota. Yo sólo vi curvas entre Madrid y Barcelona.

Flor ve que yo tengo la intención de seguir rebatiéndole sus argumentos y me tapa la boca. El compatriota parece satisfecho de haberme convencido de que Zaragoza no existe y se va a supervisar la barbacoa. Poco después viene la compatriota y me explica que el compatriota se confunde con la visita que hicieron al Escorial, y que entre Madrid y Barcelona fueron en avion.

Flor propone ir a una poza a bañarnos antes de comer y Miguel, la compatriota, el compatriotín y yo aceptamos y nos subimos a la jipeta. Una jipeta -a leer llipeta- es el nombre que utilizan aquí para los 4x4, imagino sin mucho esfuerzo que por extensión de los primeros jeeps que llegaron a RD.

De camino hacia la poza atravesamos el primer lugar de RD en el que veo miseria. Es lo que llaman aquí un "paraje", básicamente un conjunto de destartalados cobertizos de madera alrededor de un camino de tierra. Hay niños desnudos jugando por los lados de las casas, chicos jovenes en motocicletas haciendo carreras, viejas sentadas en sillas en improvisados porches, gallinas picoteando entre las hierbas, ... y nosotros pasando por el paraje con una jipeta que cuesta más dinero del que esta gente tendrá en toda su vida. La pobreza más absoluta en el patio trasero -nos ha costado venir 2 minutos desde la finca- de las fincas donde los ricos de Santo Domingo pasan los fines de semana. La gran diferencia respecto a las zonas deprimidas de nuestras grandes ciudades es que allí nadie se atrevería a entrar en un Mercedes y aquí ni siquiera nos miran mal.

Esta es la miseria que en otros países te encuentras a la vuelta de cada esquina. Para verla en RD hay que salirse de las vias principales y aunque en los barrios normales de Santo Domingo se ve pobreza, suciedad y falta de matenimiento no se respira este aire opresor que tienen los
sitios donde la gente subsiste en lugar de vivir. Por lo poco que yo he podido observar, este país saldrá adelante y cada vez habrá menos gente en estas condiciones. Las instituciones son un desastre, la corrupción política campa a sus anchas y mucha gente vive con el agua al cuello,
pero se ve iniciativa para cambiar las cosas, la gente tiene un interes político en el que invierten mucha energía y el respeto entre personas es muy superior a lo que yo esperaba. De la misma forma que estoy "decepcionado" con la falta de afabilidad de la gente que me voy encontrando (no así con la que voy conociendo) estoy gratamente sorprendido viendo que nadie echa a patadas a los niños limpiabotas o trata despectivamente a sus sirvientes.

La poza no es tan idilica como yo la habia imaginado a partir de la descripción de Flor, pero un baño nunca sienta mal. Hay niños del paraje haciendo competición de salto desde una roca y su mérito no está en las volteretas que dan sino en no romperse la cabeza: esta poza no cubre más
de un metro.

Volvemos atravesando de nuevo el paraje y ahora me fijo en que hay numerosos niños y niñas vestidos de volantes, lazos y vestidos vaporosos. Flor dice que los domingos todos se ponen sus mejores galas porque es el día especial, el día de enseñar a los demás lo bien que nos va. Aunque muchas de estas familias viven en una sola habitación bajo un techo de uralita siempre tendrán un dinero guardado para los domingos poder salir a pasear con elegancia. Por lo que he oído en reuniones familiares, antes en los pueblos españoles era igual para ir misa... ahora creo que es lo contrario, tendemos más a ponernos el chandal y hacer una parrillada.

Volvemos a casa, donde el compatriota nos espera tumbado en la hamaca con un bañador, camisa, gafas ahumadas y una cerveza en la mano. Me ofrece un vaso de ron y declino la oferta dándole a entender que yo voy bien servido para un rato.

- Ramón, compatriota, acercate a mí. Escuchame compatriota -me dice muy serio- el hígado necesita lubricar y si no le pones aceite se estropea.

Me libro de la lubricación gracias a la llamada "a comer" que la compatriota nos lanza desde la barbacoa. Vamos llenándonos los platos de comida hasta no poder más, lo que acompañado de una cerveza que sí acepto y el güisqui que no acepto pero de alguna forma aparece en mi mano, me traslada a un estado de somnolencia total. Estoy tumbado junto al compatriota -hemos hecho buenas migas- pero él debe de estar peor que yo porque tiene los ojos cerrados y respira lentamente.

Para evitar dormirme -una siesta para mí es equivalente a decir adios al día- me levanto e intento que alguien me haga caso. Jonny me dice que ponga a Sabina mientras se emociona contándome el concierto que vino a dar a Santo Domingo hace poco. Fernando me explica en su acento estadounidensindiominicano que ha pasado toda su vida saltando de país en país -sus padres deben de ser diplomáticos- e Isabel sonríe mucho y dice alguna tonteria sobre lo feo que es Francia porque le robaron su maleta entre Niza y Montecarlo.

Me deslizo hacia Flor y Miguel que charlan bajo un arbol, pero por el camino una mano surge de la nada y me agarra del brazo.

- Compatriota, ¡qué cantidad de barrancos que hay en Barcelona!

- Bueno -balbuceo- quizás... yo no los he visto nunca pero si usted lo dice...

Consigo llegar hasta Flor y Miguel, y les hago la pregunta que tengo en la cabeza desde que hemos entrado por la verja de entrada de la finca:

- Decidme... ¿quién es el compatriota?

Flor y Miguel se miran, sonríen y entre los dos me van explicando que ahora está jubilado, pero que fue una persona muy importante en su pueblo. Empezó con una ferretería y luego montó un negocio de compra-venta de material de construcción con el que ganó mucho dinero. Por lo poco que ellos saben sobre esa época de la vida del compatriota creen que fue una persona generosa y que ayudó a mejorar la vida de la gente de su región. Ahora sigue haciendo algunas operaciones al por mayor y todavía va a diario a la ferretería, más como hobbie que como trabajo.

La tarde va discurriendo lentamente, entre conversaciones, sentencias firmes del compatriota que nadie le discute, risas y lloros alternados de Jean-Marcos, preguntas hispanofilosóficas de Jonny -"Ramon, ¿tú conoces lugares de fiesta en Madrid, verdad?-, Miguel que bromea sobre mi experiencia con sus amigos, Flor haciendo encuestas de opinión sobre que música deseamos escuchar, Isabel que me comenta lo sucia que le pareció España y Fernando que intenta sacar a bailar merengue a todas las chicas.

Cuando ya todos parecemos dispuestos a volver a casa, el compatriota tiene la brillante idea de invitarnos a cenar una guinea guisada. Rapidamente se encuentra el quorum y mandan a Adan al corral para elegir nuestra cena y desplumarla. Por un momento estoy tentado por acompañarle pero luego me doy cuenta de que si le veo matar la guinea y desplumarla, luego me será imposible comérmela. Es el problema de ser un hombre urbano, aunque sea de un pueblo inexistente y chiquito como Zaragoza.

La compatriota, Flor y yo vamos al colmado del paraje a buscar los ingredientes del guiso. Ahora que está oscuro se ve más agradable que por el día: algunos hombres juegan al dominó bajo una linterna, parejas de jovenes bailan sobre la calle al ritmo de un merengue, los niños juegan alrededor de nosotros, ... el ambiente es mucho más alegre de lo que uno imaginaría viendo las condiciones en las que vive esta gente.

El colmado de este paraje es la habitación de los secretos y cada ingrediente que mencionamos aparece en un baúl del suelo, de un cajón del armario, de una estantería cubierta por una tela o colgado de una cuerda del techo. Todo está muy mugriento pero rescatamos en buen estado unos tomates, sal, especias y unas hierbas que no reconozco.

Volvemos a la finca y después de pasar por cerca del compatriota -"Ramón, compatriota... los españoles sí que tuvisteis suerte: llegó el Euro y de la noche a la mañana teníais mucho más dinero. El Euro es una buena moneda, y no esa peseta llena de ceros que no valían nada"- aparezco en la cocina. Intento ayudar a la compatriota y a Flor con mis escasos conocimientos de cocina dominicana, primero pelando -destrozando- la yuca y después lavando la guinea ya troceada por Adan. La receta es simple: se limpian y se pelan todos los ingredientes, se meten en el puchero y se deja hervir todo junto durante una hora.

Cuando la compatriota echa las hierbas que hemos comprado en el colmado le pregunto que son, de lo que me arrepiento inmediatamente porque es una de las cosas que más odio en el mundo: cilantro. Ruego al Dios de la gastronomía para que se le caiga fuera y no en el guiso, y luego cierro los ojos para no contemplar el desaguisado -y nunca mejor dicho- que la compatriota va a cometer (hoy estoy de lo mas ocurrente, ¡hasta juegos de palabras! no me reconozco...).

Vuelvo a la terraza, donde el compatriota tiene a todos muy pendientes de sus palabras...

- Ven aquí compatriota Ramon, acércate a nosotros. Les contaba a los compatriotas que yo tuve galleras porque vi que eran un negocio muy bueno, no porque me gustaran las peleas de gallos. Y como tú sabes, compatriota, los mejores gallos del mundo son los españoles.

- Claro -afirmo con la cabeza- los famosos gallos españoles.

No sé si es verdad o no, pero si algo he entendido hoy es que al compatriota no le puedes llevar la contraria sin pasar luego una hora dando explicaciones.

- Miren compatriotas, las galleras son muy buen negocio si uno no se involucra demasiado. Un buen amigo mío entregó su vida a las apuestas de gallos y al final lo mataron. Un día le encontraron desprevenido y le pegaron un tiro. A mí nunca me pasó aquello porque siempre supe diferenciar entre negocio y apuestas. Hay muchos millones de pesos en las peleas de gallos... yo lo sé bien, compatriotas.

Mientras nos habla se le ve rememorando otros tiempos. Yo no consigo imaginarme la vida de este hombre, ni los negocios en los que ha estado metido. Quisiera creer que dentro del salvaje mundo de los negocios dominicanos ha sabido mantenerse limpio, y escucharle ayuda a creerlo
así porque tiene algunos principios morales muy claros y parece seguirlos como una guía de vida adaptable pero exigente.

Comienzan a servir la guinea y cuando pruebo la yuca empapada en la salsa del guiso creo morirme del gusto. Ligada con algun alcohol que han echado sin que yo lo viera -eso de rechazar un vaso de ron nunca me lo perdonaran- y pequeños trozos de tomate mezclado con el jugo de la guinea, esta salsa -y esta yuca- son el mayor pecado que mis papilas gustativas han cometido en mucho tiempo. Ni siquiera siento el cilantro, y esto que me estoy comiendo está tan absolutamente magnífico que mi mente urbana se retrae y mi lado campesino me incita a bajar al corral y degollar cualquier bicho que encuentre allí para poder seguir degustando un guiso tan exquisito como éste.

Repito hasta que el puchero esta vacío, y no pido un tupperware con salsa porque veo que Flor ya lo ha pensado antes y no quiero hacerle la competencia. Quizá luego podamos negociar quién se la queda...

Paladeo con placer los últimos instantes de la noche... el compatriota sigue explicándonos su vida pero creo que ya nadie presta atención porque seguimos envueltos en sabores grabados en fuego en nuestras mentes. Es noche cerrada, el ambiente un poco humedo, el ruido de la cascada artificial se mezcla con la voz del compatriota, los espíritus están relajados, las caras comienzan a mostrar signos de fatiga... ha llegado el momento de volver a casa.

El momento se convierte en "periodo de tiempo" cuando Fernando nos dice muy preocupado que su jipeta no se prende (y no es un error de extranjero, aquí "prenden" los aparatos y las máquinas, igual que los petardos). Rápidamente se forma un comité de expertos mecánicos que
intentan encontrar el hueco donde hay que meter un cable que han encontrado suelto en el motor. Fernando y Miguel se van metiendo bajo el coche para investigar y el motor sigue sin reaccionar. Cuando ya no tengo esperanzas de poder volver a casa en un tiempo razonable -el comité de expertos sigue reunido, y mi conductor está entre ellos- aparece el compatriota e intenta meter el cable suelto en el deposito del limpiaparabrisas, sin lograr con tal acto agilizar la reparación.

Mientras Jonny me dice que él sabría arreglarlo pero que no tiene ganas, se pone a llover de una forma torrencial; el compatriota sale de debajo del coche y grita:

- compatriotas, vamos a dormir que es muy tarde. Yo llevo a Fernando e Isabel a su casa y mañana mandamos un mecánico a buscar la jipeta.

Y así, cada uno entra en su vehiculo y podemos poner rumbo a ese mueble tan apreciado cuando uno está cansado: la cama. Casi sin tiempo para quitarme las gafas me dejo caer sobre el colchón y murmuro sin acabar la frase...

Buenas Noches, Compatriotas

sábado, febrero 03, 2007

Archivo: Desde Zaragoza hasta Lausana (21.10.1997)

Y el gran día llegó. El momento esperado por toda mi familia (para que me fuera de casa de una vez) desde aquel día en el que me dijeron que me habían concedido un Erasmus en Losan, Suiza. La confirmación de que por un año (y los que pudieran seguir) iba a vivir en un país diferente, usando un lenguaje llamado Francés y relacionándome con unos seres llamados Suizos.

Salí de Zaragoza el martes sobre las cinco y media de la tarde y a las diez y media llegué a Tulus (escribo los nombres franceses tal y como suenan para los que no tienen la suerte de hablar el Francés con mi fluidez y verbigracia.). Cené en casa de Luis, hablamos un rato y luego puso una sabana en un colchón para que me fuera a dormir. Eso de la sabana limpia sobre el colchón me pareció una cosa un poco rara viniendo de Luis, pero como sabe que yo soy un poco delicado y para comer el postre uso un cuchillo diferente al de la carne y además los domingos me pongo el pijama a las 6 de la tarde, creo que decidió hacer ese gesto de buena voluntad.

A las ocho y media del Miércoles ya estaba otra vez de viaje. Después de 7 horas, incluyendo las paradas reglamentarias cada dos horas (mas que nada para dejar descansar al AX), llegaba a Losan. El viaje transcurrió sin mayores problemas, aunque nada más atravesar la frontera Franco-Suiza, esta última me recibió con una agradable lluvia. En la frontera iban dejando entrar a todo el mundo, incluso metiéndoles prisa para no crear atasco, pero al llegar a mí me hicieron apartarme a un lado, a la zona de “revisar a fondo al sujeto”. ¡Ya está! pensé, me van a hacer sacar todo del coche y tendré que dar explicaciones sobre los 5 kilos de jamón, las latas de berberechos, la bolsa con acelgas y las diez latas de Fabada “Litoral”.

Pero ante mi sorpresa, únicamente me preguntaron que venía a hacer a Suiza, a lo que respondí que “estudier”, lo que pareció confirmarles que necesitaba unas clases de Francés. Luego me hicieron comprar la pegatina para las autopistas suizas y me dejaron marchar tranquilamente.

Llegué sobre las tres y media al centro de la ciudad, y en media hora "ya" había encontrado la recepción de mi residencia (que curiosamente no está en mi residencia, sino en otra residencia.... luego pude confirmar que la recepción de la otra residencia NO está en mi residencia). Después de pagar el depósito, intentar comunicarme con la recepcionista por signos, indignarme porque me estaban cobrando de más cuando en verdad el que estaba equivocado era yo, y varias hazañas más del tipo explicarle a una señora que pensaba irme a un apartamento después de Christmas (que lógicamente en francés se dice Noel, como Papa-Noel) conseguí las llaves de mi habitación, la número 32.

Otra vez en el coche y otra media hora dando vueltas por la ciudad, a pesar de que había creído comprender en la recepción que la otra residencia estaba a 200 metros de allí. Finalmente conseguí llegar a la “Rue du Valentin”, y muy contento entré en el edificio numero 27. La entrada era un poco rara, y había un mostrador con señorita y ordenador. Ésta (la señorita) me miró durante un segundo y luego volvió a bajar la cabeza hacia la revista que estaba leyendo, como si no me hubiera visto. Yo iba con mi mochila a la espalda, y dos o tres bolsas en las manos, y como nadie me decía nada subí unas escaleras de caracol en busca de la habitación número 32. Después de asomarme a un par de cuartos que también tenían ordenadores y señoritas trabajando, un hombre salió de otra habitación y me preguntó sobre la razón de mi visita. Tras varias arrancadas de tipo "Est-ce que je..." recurrí a la frase mas socorrida "Do you speak English?", idioma en el que el encargado de la agencia de publicidad me explicó que allí no tenían “habitación número 32”, y que probara suerte en la residencia de estudiantes situada en la parte posterior del edificio.
Ya sin más problemas llegué a mi habitación: es bastante grande, tiene una mesa con cajones, dos sillas, una mesita, la cama y un armario empotrado. Eso que decía el folleto de que tenía lavabo y televisión para cada estudiante debía de ser una broma, porque hay una televisión para los treinta y tres que estamos, y además, en estos momentos “la están arreglando”. Metí toda la ropa en el armario y salvo que tuve que poner los calzoncillos y los calcetines en la mesa-escritorio todo ha quedado bien. Lo de la comida es otra cosa, todavía la tengo distribuida en cajas, y allí seguirá, porque en el cajón de la cocina a duras penas me cabe el desayuno.

El coche tuve que aparcarlo en el aparcamiento del estadio olímpico, a unos 10 minutos de la residencia, porque todos los demás sitios de aparcar están regulados. Digo regulados porque aunque no son de pago hace falta un disco en el que pones a que hora has llegado para que no excedas el tiempo máximo. Estos suizos...

Por la noche bajé a la cocina, con la intención de presentarme a mis nuevos compañeros, pero salvo unos de Barcelona a los que me auto-presenté, los demás habitantes de la residencia no mostraron el menor interés por hablar conmigo. Claro, que esto lo entiendo, teniendo en cuenta que mi francés no da más que para preguntar la nacionalidad y luego simplemente sonrío para darles a entender que soy una persona simpática.

Los de Barcelona parecen majos. Además de invitarme a cenar con ellos me explicaron como funciona la vida aquí, desde donde abrir la cuenta bancaria hasta como conseguir el permiso de residencia. Hay cuatro: una chica trabaja en el COI como secretaria de Samaranch, otro hace una tesis en Informática, otro su proyecto fin de carrera, y una chica hace exactamente lo mismo que yo (quiero decir Erasmus en Ingeniería informática, no que sea mi alma gemela.).

Hoy me he levantado pronto, con la intención de dejar solucionado el tema del permiso de residencia, abrir una cuenta bancaria y hacer el papeleo de la universidad. El asunto prioritario era el permiso de residencia, así que hacia allí me he dirigido. En la sala de espera eran todos africanos, árabes, indios y españoles, no sé si porque el resto de Europeos vienen más tarde (lo que me extrañaría) o porque no necesitan el mismo permiso que nosotros. Todos los que estaban esperando han ido entrando por una puerta, y pocos segundos después salían.

¡Que rápidos son en este país con el papeleo!- he pensado.

Gran error de deducción, no es rapidez en hacerte los papeles, sino en decirte que vuelvas otro día. Al llegar mi turno he entrado por la puerta mágica y me he encontrado en un espacio de metro y medio por metro y medio, frente a una ventanilla tras la cual había una señora con cara de pocos amigos. Yo pensaba que llevaba todo perfectamente preparado para que me dieran el permiso en el momento pero la amable señorita, primero en francés y luego en inglés al ver mi amplio vocabulario, me ha hecho volver a la realidad:

1 - Tengo que rellenar un papel de cambio de domicilio
2 - Mi compañía de seguros tiene que rellenar un papel diciendo que me cubre igual que las compañías suizas.
3 - Mi universidad tiene que rellenar otro papel diciendo que estoy estudiando en Zaragoza.
4 - La carta de admisión de la EPFL (el politécnico de Lausanne) no sirve para atestiguar que voy a estudiar aquí.
5 - La carta de mi padre diciendo que se responsabiliza económicamente de mí le ha hecho mucha gracia. Quiere que lo diga el banco.

Lleno de ánimo por mi primera gestión y con la moral bien alta he ido en busca de un banco donde abrir la cuenta. Uno de los chicos de Barcelona, Marc, me había dicho que lo mejor era hacerlo en un sitio llamado “La Poste”, que debe de ser algo así como correos. Como no me apetecía mucho preguntar por la calle por un sitio llamado “La Poste” he empezado a andar por la ciudad esperando encontrarla por mis propios medios.

Después de más de dos horas caminando sin ver nada similar a correos he recapacitado y rectificado, y en una oficina de turismo me han explicado en perfecto castellano cómo llegar a “La Poste”. Siguiendo las indicaciones de la amable señora he cogido un tren de cremallera sin pagar. Lo de no pagar no ha sido siguiendo ninguna indicación sino por ignorancia: resulta que aquí se pica el billete antes de subir, y no dentro del vagón como suele ser normal.

He encontrado un edificio en el que ponía " Poste " y allí he entrado. Primero un guardia de seguridad y luego una señora en una ventanilla (los dos en francés, mis primeras "conversaciones ") me han explicado que si quería enviar una carta o comprar sellos ese era el sitio adecuado, pero que para abrir una cuenta bancaria mejor fuera a un banco. ¡Me imagino que Marc todavía estará riendo pensando en la cara que pondrían en correos cuando dijera que quería abrir una cuenta bancaria!

Nota posterior: Pues tenía razón el catalán, ayer estuve en otra oficina de la Poste donde si abrían cuentas bancarias. Ahora ya no estoy seguro de que me entendieran en la primera oficina en la que entré.

Todavía con más moral que después de lo del permiso de residencia, he salido a la calle para intentar abrir la cuenta en un banco de verdad. Allí, después de esperar una buena cola, un señor muy amable me ha explicado que sin la tarjeta de estudiante no podía abrir una cuenta, que ninguno de los papeles que tenía le demostraba que fuera a quedarme en Suiza durante un año.

Y otra vez me he encontrado en la calle... estaba dudando entre ponerme a llorar allí mismo o volverme a Zaragoza, pero me he dicho a mi mismo: es el primer día y ya te desanimas. Afronta las adversidades. Así que he cogido el metro hacia la universidad, donde esperaba conseguir la maravillosa tarjeta de estudiante que me iba a abrir las puertas de todos los demás organismos suizos.

A pesar de llevar un mapa con todas las paradas de metro indicadas, saber el nombre de la parada donde tenía que bajar, y que en cada estación ponía el nombre en grande, lo he conseguido: ¡me he pasado de parada! Un niño de unos once años que ha visto como me levantaba justo cuando cerraban las puertas de mi parada me ha tomado a su cargo, me ha hecho bajar en la siguiente parada y me ha dicho que cogiera el sentido contrario sin volver a pagar. Sólo le ha faltado cogerme de la mano y acariciarme el pelo.

En la universidad todo ha salido bien: me han dado la tarjeta de estudiante, un papel que dice hasta cuando voy a estar estudiando, he abierto una cuenta en la sucursal universitaria de la SBS (Societé de Banques Suisses), y he dado un paseo por la zona de informática.

Lo único que ha sido bastante gracioso (para todo el mundo menos para mí) ha sido lo siguiente:

En el CPS (el politécnico de Zaragoza), el primer día de curso, ponen carteles sobre como ir al baño, carteles que te dirigen hacia departamentos, conserjería, y demás puntos neurálgicos del campus, para que los novatos se pierdan siguiendo los carteles y reírse un rato de ellos. Dudo que en Zaragoza haya picado alguna vez alguien, pero lo que os puedo asegurar es que en la EPFL al menos hay un pardillo que ha estado media hora siguiendo carteles. Yo, con tanta vuelta por la universidad me había desorientado, así que cuando he visto un cartel que ponía "Swiss Metro" lo he seguido con la intención de ir a la parada de metro y volver a mi residencia en tan maravilloso medio de transporte. Después de numerosos carteles, tantos que he empezado a mosquearme, me he encontrado mirando a dos carteles pegados a una pared que se apuntaban el uno al otro. “Swiss Metro → ← Swiss Metro”

Espero que nadie lo haya grabado en video, porque sino seguro que triunfa en todos los programas de televisión del mundo, la cara que se me ha quedado, y como he desandado el camino con la cabeza agachada siguiendo en sentido inverso los carteles.

Nota 10 años después: Swiss Metro es un proyecto de investigación sobre la conexión subterranea por metro de las capitales suizas. Lo que yo me quedé mirando era la puerta de entrada al laboratorio de investigación. No era una broma, por tanto, pero yo seguí esos carteles durante 10 minutos, atravesando departamentos y oficinas sin pararme a pensar que ese no era un camino lógico para ir al metro

La ciudad es preciosa: hay muchas calles peatonales (todas en cuesta), casas de madera, el lago, los jardines,... Lo único que no me gusta es que si ahora hace frío y llueve no quiero ni pensar en cómo será el invierno. Hay más trafico de lo que yo esperaba, y los semáforos de peatones duran muy poco. Encima, parece que cruzar en rojo sea pecado y los suizos esperan hasta que se pone verde, aunque se vea claramente que no viene nadie.

Bueno, a ver cómo me las arreglo mañana. Hoy las cosas se han arreglado al final, pero a mitad de día parecía que nunca iba a lograr hacer nada. Una cosa positiva en el dia de hoy (aparte de mi espíritu aventurero y mi capacidad de sobreponerme a las adversidades) ha sido que me he defendido en francés mucho mejor de lo que esperaba, he sido capaz de hacer frases y de comprar y eso me da ánimos para intentar no volver a decir: “Do you speak English?”

jueves, enero 25, 2007

Archivo: Viaje a la India - Jodhpur

Nota: Si estáis planeando un viaje a Nueva York, os recomiendo que visitéis la guía de Nueva York que he escrito recientemente para BuscoUnViaje.com.

Día 23 de Junio de 2000

Al poco rato de salir del hotel ya me he arrepentido de haber comprado un billete de tren hacia Jaisalmer para esta misma noche. Jodhpur es precioso, la gente amabilísima, los niños nos siguen sin pedir dinero y la brisa que corre entre las calles hace más soportable el calor. Jodhpur me hace sentir muy bien...

Pronto descubrimos por qué la llaman la ciudad azul. Muchas de las casas tienen los muros de color azul marino y el reflejo del sol te sumerge dentro de un mundo azul. Me gusta mucho más que el color rosa de Jaipur y decido que si algún día construyo una ciudad (cosa que hasta ahora no estaba en mis planes, pero quién sabe...) ésta será azul.



Vamos andando desde el hotel hacia el fuerte, guiándonos por pura orientación- la de Oliver, por supuesto-. El color azul nos sigue durante todo el camino, y únicamente se ve interrumpido cuando alguna tienda de fruta o de sharis logra imponer sus brillantes amarillos y naranjas. Mientras paso al lado de un vendedor que sonríe mucho me doy cuenta de una cosa: ¡nadie nos agobia para que le compremos algo! Es el primer sitio de la India donde puedo pasear por las calles sin decir “no” continuamente; esta ciudad cada vez me gusta más.

Todos los niños con los que nos cruzamos nos dicen Hello! y luego nos dan la mano, y mucha gente ya mayor nos pregunta de qué país somos y cuando respondo asiente con gesto de saber exactamente donde está España, su renta per cápita y la alineación de la selección nacional- que me acabo de enterar ha pasado de ronda en la eurocopa-. A pesar del importante peso mundial que tiene España, a los indios les suena más Alemania y Oliver recibe la mayor parte de atención cuando decimos nuestras nacionalidades. Incluso encontramos a un señor que nos habla de Helmut Kohl, y que parece muy enterado de la situación política mundial.

Subimos por una rampa de piedra al fuerte, desde el que se divisa el gran mosaico azul y blanco que forman los tejados de Jodhpur. Como el museo del fuerte está cerrado a mediodía decidimos bajar otra vez a la ciudad y volver a subir por la tarde. Nada más entrar al mercado de la torre del reloj un chaval indio se acerca y nos habla en muy buen inglés. Como siempre, procuro mantener las distancias con la gente que se acerca espontáneamente, pero hay un detalle que me hace confiar más de lo habitual en este chico: nos pregunta que queremos hacer sin proponernos ir a ningún sitio en concreto.

Oliver se queda hablando con él, mientras yo miro los tenderetes. Creo que en esta plaza se puede encontrar de todo, incluso cosas que no existían anteriormente en mi imaginación. Lo que más me impresiona es ver al dentista de la plaza, que está sentado en el suelo con sus instrumentos colocados sobre un trapo en el suelo, y con otro trapo cerca en el que se amontonan dentaduras y dientes postizos. No sé si este hombre está formado para arreglar caries o únicamente se dedica a sacar dientes, pero sólo de pensar en esos alicates oxidados dentro de mi boca me estremezco. También hay un hombre al que veo fabricar un candado- con su llave- en diez minutos, a base de unir trozos de metal. Eso sí que es seguridad personalizada, seguro que esa llave es única en el mundo. Y como suele ser habitual en los lugares públicos indios, la plaza también está llena de gente que vende mangos, muñecas, pelotas de plástico, snacks indios, mochilas, saris, sandalias, zumos,... Es como El Corte Inglés pero al aire libre, sin olvidar la ventaja añadida de que tiene dentista...



Nuestro nuevo amigo, Pinto, ya convertido en guía oficial, nos propone ir a ver los diferentes bazares. Primero nos lleva a la sección de grano, donde un puesto tras otro venden lo mismo: trigo y maíz. Los vendedores están todos sentados en el suelo frente al montón del cereal en cuestión, y aunque yo no alcanzo a saber porque elegir uno u otro, imagino que los clientes que vengan irán comparando las diferentes calidades y precios. Luego vamos a la calle de los turbantes y le pregunto a Pinto cuál es el precio local de uno. Me dice que unas 200 rupias (800 pesetas) y al probarme uno azul veo que me sienta como un autentico maharajá, por lo que previendo largos días bajo el sol del desierto me compro uno. Son ocho metros de tela y aunque me han enseñado cómo ponérmelo no sé si seré capaz de hacerlo yo solo. Cuando Oliver me ve con mi turbante se muere de envidia, y se compra uno negro para él. Los de la tienda también le dicen que parece un maharajá- y él parece creérselo- pero yo sé que en su caso no es verdad: tiene exactamente la imagen de un alemán con un turbante negro. Se nota que, al contrario que yo, no corre sangre de habitante del desierto por sus venas; alguna ventaja tenía que tener haber vivido cerca de los Monegros.

Y por fin llegamos al mercado de especias. En cualquier mercado de cualquier ciudad del mundo de las que he estado, el de especias siempre es mi favorito. Me encantan los colores, los sacos con sus timbres, las básculas, los vendedores con las piernas cruzadas, el olor... Pinto nos dice que nos va a llevar a la mejor tienda del mundo y para mi sorpresa entra en un sitio sobre el que yo ya había leído en la guía: Mohanlal Verhomal. Su tienda es la única que tiene las especias empaquetadas y no a granel, y en la entrada nos recibe con una amplia sonrisa un hombre con el pelo y mostacho teñidos de negro.

Lo primero que hace, antes de que podamos decir que es lo que queremos, es enseñarnos tres emails que ha recibido hoy pidiéndole especias, y luego nos enseña sus dossieres "España" y "Alemania", llenos de cartas, fotos y postales de españoles y alemanes que le agradecen sus servicios. Nos invita a sentarnos, nos sirve un masala tea y nos da una hoja con el "menú" de especias disponible. Luego va dándonos a oler sus especias favoritas y nos da a probar su "polvo para el cerebro", que refresca y vigoriza la mente. También intenta que tomemos un poco de su "polvo de invierno", que da vigor sexual, y no desiste hasta que le explico que no tengo novia.

¿No tienes novia? – responde sorprendido...

Todos los indios se extrañan muchísimo cuando les digo que ni estoy casado ni tengo novia, y se empeñan en darme consejos para conseguir una. Que si un coche deportivo, que si hablarles de cine, que si flores... No pueden entender- y yo con ellos, por supuesto- que un chico apuesto, inteligente y aventurero como yo no tenga a la mitad de las mujeres del mundo persiguiéndole.

Mohanlal se enrolla como las persianas y hasta que consigo hacer un pedido pasa una hora. Quiere que huela todo, que pruebe todo, que vea su ordenador, que me beba su chai... Cuando finalmente consigo decirle que es lo que quiero escribe todo en una lista, anotando la especia, el numero de granos y la calidad de cada cosa que quiero comprar. Luego me hace pasar a su ordenador, donde muy orgulloso de sus conocimientos crea una nueva ficha en el Outlook Express. Y delante de mí, con delirante estilo, escribe un e-mail a mi madre y a mi padre explicándoles que he comprado especias y que he pagado todo al contado. Para los que sepan inglés aquí va esta joya de e-mail:

Dear Muma, I am a spiceman from Jodhpur and I am like your son. Your son gave me order for spices to send you and he paid mi all in advance. When you will get he parcel please inform me so I will get relax. Thakyou in advance,

No sé lo que pensaran mis padres cuando reciban este email, pero seguro que se imaginan algo raro; no todos los días se recibe un mail de un spiceman de Jodhpur diciendo “I am like your son”, que todavía no sé si significa que le gusto o que somos parecidos. En cualquier caso, ninguna de las dos opciones me convence...

Luego vuelve a abrir mi ficha informática y hace una descripción detallada de mi persona, tecla a tecla, para no olvidarse de mí. No consigo leer todo lo que pone, pero alcanzo a ver que soy un chico joven español sin novia que le ha comprado especias.

Después de prometerle a Pinto que volveremos a buscarle a la tienda para ir a comer juntos, Oliver y yo subimos de nuevo al fuerte, y esta vez sí que visitamos el museo. Sus salas están llenas de espadas, palanquines y cunas de bebe, pero lo que más me gusta es que de vez en cuando nos encontramos con músicos enturbantados que al vernos empiezan a tocar y cuando salimos de su vista paran otra vez; son como esos muñecos que hablan cuando te acercas a ellos y se callan al alejarte. Juego a aparecer y desaparecer detrás de una esquina, pero ellos no lo encuentran muy gracioso y paran de tocar. A lo mejor se les han acabado las pilas...



Al bajar del fuerte me quedo mirando a unos chicos que juegan a críquet, intentando adivinar las reglas de tan extraño deporte. Uno de los niños me pregunta si quiero jugar, y dándome la pelota me dice que tire yo contra el bateador. Al verme coger la pelota, un hombre de unos cuarenta años se levanta de su silla-puesto-de-observación y echando al niño que sujeta el bate se prepara para recibir mi lanzamiento. Yo no tengo ni idea de cuál es mi objetivo, ni siquiera sé si voy con el del bate o contra él. Lanzo la bola y todos gritan de admiración cuando el hombre falla en su intento de golpearla. Aparentemente, si el otro no consigue tocar la bola y ésta da en una madera que hay detrás del bateador, eso es muy positivo para tu equipo. El hombre se ha enfadado con mi gran lanzamiento y me exige que lance otra vez. Uno de los chavales de los que se han acercado para ver como jugamos me dice que tire contra las piernas, y haciéndole caso le pego un gran bolazo a la pierna derecha del bateador, que una vez más intentar golpear mi lanzamiento sin éxito. El público hierve de excitación y el hombre se enfada cada vez más...

Juego durante más de una hora y cuando acabo entiendo tan poco de este extraño juego como al principio. A veces bateo y a veces lanzo la bola, y lo único que sé es que al batear hay que intentar tirar rasa a los lados y que al lanzar la bola con la mano hay que procurar que el otro no la toque y tocar una madera que hay detrás de él. A veces después de batear se corre, y otras no, y cuando yo bateo el hombre intenta cortar mis carreras lanzando la bola muy fuerte contra una piedra que está en el centro del campo.

Les pido acabar el juego porque me tengo que ir y no me queda muy claro si he ganado o he perdido. Me preguntan cuántas carreras he hecho y cuando les digo que no lo sé me miran muy sorprendidos: ¿No sabes cuántas carreras has hecho? ¿No las has contado? Si supieran que ni siquiera sé cuándo se hace una carrera se quedarían más atónitos aún.

Un chaval espigado que lleva mirándonos jugar desde el principio sentencia que he ganado yo y el público ruge enfebrecido. Muchos de los espectadores se acercan a felicitarme y no se creen que no me sepa las reglas. Por lo visto tengo muy buen estilo, aunque me dan a entender que soy un poco "sucio"; eso de tirar a las piernas es legal pero de jugadores agresivos. Y yo que me he pasado todo el rato intentando darle al hombre en las piernas...

Nos hacemos las fotos de rigor, intercambiamos direcciones, observan detenidamente mi álbum de fotos - no, esa es mi hermana, no tengo novia- y después de mucho pelear consigo irme hacia donde está Oliver, con el que me voy a buscar a Pinto. Los tres juntos vamos a un restaurante que nunca hubiéramos encontrado Oliver y yo por nuestra cuenta, en cuyo patio un hombre se afeita a sí mismo sentado en una silla, con un balde en las piernas. Oliver y yo pedimos thali (arroz con diferentes curris y chapati) y Pinto, por más que le insisto en que le invito a comer, sólo se pide una Fanta de naranja. El thali resulta ser excelente y repito cuatro veces. Hubiera seguido comiendo todo el día pero cada vez que me sirvo todo el mundo se ríe y prefiero no exagerar.

Repito afeitado y masaje (le estoy empezando a coger gusto a eso de que me afeiten) en un sitio especialmente recomendado por Pinto, y después volvemos a la tienda de nuestro ya íntimo amigo Mohanlal Verhomal. Cuando le enseño la dirección de mi contrincante de críquet, Mohanlal tuerce el gesto y me dice que ese hombre ha estado en la cárcel muchas veces por pelea de navajas, y que pertenece a la mafia local. Me aconseja encarecidamente que no me acerque a él. Y yo tirándole la bola de críquet contra las piernas con todas mis fuerzas... igual la gente gritaba por el peligro de que mi contrincante sacara la navaja y no por mi gran estilo de juego.

Mohanlal nos invita a la bebida más exquisita y refrescante que he probado en mucho tiempo: jugo de caña de azúcar. Es ligeramente dulce y está frío, riquísimo. Después se excusa, se tiene que ir a su curso de ordenadores de las ocho de la tarde, pero por favor – nos pide - quedaos aquí sentados.

− ¿Más té? ¿Queréis utilizar mi ordenador? ¿Un poco de polvo de invierno para remontar la moral y encontrar novia?

He comprado casi 1 kilo de especias y Mohanlal me asegura que llegarán a mi casa en menos de dos semanas. Y lo mejor es que me explica cómo encargar más especias desde cualquier sitio, vía Internet y pagando contra reembolso. Igual monto un negocio de "polvos de invierno" paralelo a mi nuevo trabajo en la costa azul...

Se ha hecho tarde y con gran pesar nos despedimos de todo el mundo. Insisten en que si volvemos a Jodhpur no dejemos de pasar a visitarles, y Pinto me aconseja otros sitios donde dormir la próxima vez. Recogemos las cosas del hotel y vamos a la estación, donde el tren, una vez más, sale exactamente a la hora prevista. Hoy, además de atar la mochila como el otro día, le pongo la cubierta antilluvia alrededor, pero algo me dice que el “ataque” del otro día no se va a repetir en este tren. Uttar Pradesh tiene fama de peligrosa y, definitivamente, Agra me pareció la ciudad perfecta para que me robaran. Todo lo contrario que Jodhpur: ciudad bonita, gente simpatiquísima, mercado interesantísimo; mi mejor día en la India sin lugar a dudas.

Y poco después de que el tren empiece su reposada marcha hacia Jaisalmer, cierro los ojos y duermo.

martes, octubre 03, 2006

Archivo: asalto a mano armada en Méjico

Nota: esta es una historia antigua (enviada en 6.8.05 a la lista de distribución de Ra y Mon, Escri y Be) recuperada para este blog. Poco a poco se irán sumando otras...


Miguel y yo subimos en San Cristobal de las Casas al autobús que nos tiene que llevar a Campeche vía Palenque. Nuestros asientos están separados porque cuando compramos los billetes sólo quedaban dos plazas libres: yo estoy en la 27 y él en la 36. Cuando llega mi compañero de asiento le explico la situación y le pido que se cambie por Miguel, pero si hay algo para lo que los centroamericanos no estan preparados es para los ajustes sobre una realidad ya establecida: no intentes cambiar los frijoles del menú por arroz, no pidas que te quiten el cilantro de la sopa, no aspires a cambiar los sabores del banana split y no trates de convencerles de que te cambien un sitio en el autobús. El mejicano en cuestión tiene el número 28 y aunque sonríe y es muy amable, no logro que vaya a sentarse al 36. Y no es por mala leche, ni porque un asiento sea peor que otro, ni siquiera es que le de miedo quedarse sin sitio... después de más de dos semanas aquí he llegado a la conclusión de que lo que ocurre es que nunca hasta ese momento se les había ocurrido que se pudieran introducir cambios en una realidad ya prefijada de antemano. Asi que Miguel y yo tendremos que hacer las 13 horas de autobús nocturno por separado: lo resistiremos.

Voy profundamente dormido, el autobús es muy cómodo y a pesar de las curvas logro relajarme: quizas la biodramina esté ayudando. Después del viaje de ida pase la tarde en la cama y vomitando, así que hoy no querido correr riesgos y voy dopado. A pesar de eso, me despiertan unos gritos: miro por la ventanilla y veo que estamos parados. Me asomo por el pasillo y por el parabrisas se ven muchas luces y otro autobús - ¿camión? - parado delante de nosotros. Alguien vuelve a gritar pero no entiendo qué dice...

Una mujer que va sentada detras de mí -antes me había contado que era de Mérida, el destino final de este autobús- le dice a su acompañante que hay hombres encapuchados fuera. Yo pienso que es un control militar: estamos en zona zapatista y últimamente las cosas están un poco tensas. Todavía estoy un poco atontado, así que vuelvo a cerrar los ojos pensando que los militares nos dejarán pasar sin problemas.

Se abre la puerta del autobús. Más gritos. Ahora reconozco las palabras "dinero" y "güey", apelativo mejicano equivalente a nuestro "tío", el catalán "nen" o el "co" aragonés. Alguien con una linterna se ha subido al autobús. Lo demas está todo a oscuras y no se ve nada más que los reflejos de la linterna del hombre que acaba de subir. Me vuelvo a asomar por el pasillo y lo que veo no es muy tranquilizador: no creo que sea constumbre de los militares mejicanos ir con botas altas, una gorra y un trapo cubriendoles la cara. Lo que oigo a continuacion confirma mis sospechas: "¡dame todo tu pinche dinero, güey!". Nos estan asaltando.

La señora de Mérida comienza a sollozar y nos dice que recemos; mi compañero de asiento me pregunta que está ocurriendo; un chico extranjero al otro lado del pasillo dice "he's got a fucking gun!"; varios niños del autobús lloran; ... La oscuridad es opresiva pero nadie quiere que la luz se le acerque, porque la única que hay la lleva un tipo con el rostro cubierto y con una pistola en la mano. Y ese tipo avanza fila tras fila pidiendo el dinero a cada pasajero.

Yo no sé si es la biodramina o es mi forma normal de actuar ante las situaciones tensas, pero lo observo todo como un espectador. Estoy nervioso, claro, pero para nada bloqueado como mi compañero de asiento, o histérico como la señora de Merida. Pienso en Miguel tres filas por detrás de mí pero no me atrevo a levantarme para ver si está bien. Mi primera reacción es: si me quita mi bolsa de mano la he cagado, allí llevo todas mis cosas de valor menos el pasaporte,
que va junto a 100 dolares en una bolsa que me cuelga del cuello. Así que mientras el bandido viene hacia las filas traseras empujo mi bolsa por debajo del asiento.

"¡Dame todo tu dinero, güey!"- le grita a otro pasajero mientras le apunta con la linterna- "¡rápido!". Y eso me hace pensar: si le digo que no llevo nada no me creerá ni de casualidad. Así que calculando el tiempo que me queda hasta que llegue a mi altura me vuelvo a agachar, cojo mi bolsa y saco la cartera. A tientas, elijo unos cuantos billetes y me los meto al bolsillo, la bolsa la vuelvo a meter debajo del asiento y la cartera la escondo entre los asientos por si se pone tonto y le tengo que dar más dinero. Al menos espero que mi bolsa pase inadvertida: allí llevo los billetes de avión, la cámara de fotos y casi todo mi dinero.

Tengo como cuatro billetes en el bolsillo e intento prepararme para actuar lo más tranquilamente posible cuando me llegue el turno. Ahora ya está a una distancia a la que podría tocarlo si extendiera mi mano. Sin embargo, no distingo muchos detalles porque la linterna esta apuntando a una chica alemana sentada en la fila que precede a la mía y su cara atrae toda mi atención. Ella debe de haberse preparado igual que yo porque nada más llegar el asaltante a su altura extiende la mano con un fajo de billetes. Él los coge y grita: "¡Más! ¡Más! ¡Más!". Ella le alarga la cartera, la mano temblándole tanto que se le cae antes de que él pueda cogerla.

Yo sé que me va a tocar hacer lo mismo que a ella y lo que me preocupa es que no sé cuánto dinero he preparado en mi bolsillo... ni siquiera sé si son dólares o pesos: como haya cogido los billetes de 1$ que siempre llevo a mano la habré cagado... eso no lo aceptará ni de casualidad. Y cuando alguien lleva una pistola, va enmascarado y grita, normalmente espera que le hagan caso...

Cuando el hombre se agacha a recoger la cartera alguien sube gritando al autobus: "¡güey!, ¡corre!, ¡rapido!, ¡que viene un carro!". El hombre de la linterna, al que yo ya oigo respirar -él parece el más nervioso de todos-, ni siquiera se agacha a por la cartera de la chica alemana: sale corriendo tan rápido como se lo permiten sus botas de lluvia.

Nada más bajar el asaltante del autobus nuestro conductor acelera, adelantando a otro autobus -¿camión?- al que también estaban atracando. La señora de Mérida grita: "recen todos juntos, es un milagro"; mi compañero de asiento sigue bloqueado y me pregunta: "¿les quitó su dinero a todos?"; una señora por detrás rompe a llorar; el extranjero del otro lado del pasillo grita de nuevo: "he had a gun!"; Miguel, desde atrás, me pregunta: "Ramón... ¿estás bien?". Yo me vuelvo y le digo: "sí, estoy bien... se ha quedado en la fila de delante". Todavía no me lo puedo creer...

Durante la hora de viaje que sigue hasta Palenque nadie duerme. Cada vez que el autobus para -la carretera está plagada de guardias tumbados- todas las cabezas se asoman por encima de los asientos, volviendo a bajar cuando de nuevo aceleramos. Y a cada vez, se oye un suspiro. Las historias circulan por el autobus: sólo tenía pistola el compañero que amenazaba al conductor, han puesto piedras en la carretera para obligarnos a parar, los dos tenían pistola, ha sido un milagro de Dios...

En la estación de Palenque hay otro autobús al que también han asaltado, pero como el conductor no ha parado les han tirado piedras y llevan dos cristales rotos: yo hubiera preferido eso a tener dentro un tipo con pistola pidiendo dinero. Le pregunto al conductor si esto es habitual y él me contesta con una medio sonrisa: "de seguido". Le pregunto que cómo es que la policía no hace nada y él se encoge de hombros. Antes de subir de nuevo al autobús hablo con un hombre que iba sentado en las primeras filas: me cuenta que le han quitado 2000 pesos, todo lo que llevaba encima (unos 200 dólares). Le pregunto si tiene algo para salir del paso y dice que no, así que entre Miguel y yo le prestamos lo suficiente como para que se pueda organizar hasta llegar a casa. Él no entiende muy bien por qué le damos el dinero y únicamente pregunta: "¿de dónde son ustedes?".

De nuevo en el autobus sentados, el conductor nos dice que tengamos cuidado porque acaba de haber asaltos en la carretera por la que tenemos que pasar nosotros ahora. ¿Más?, es la pregunta de todo el mundo. Y el conductor, de nuevo muy mejicano, responde: "pues eso parece". Yo le pregunto qué quiere decir con que tengamos cuidado, que es lo que podemos hacer. Y él contesta lacónicamente: "pues nada...".

Cada uno se prepara como puede ante la posibilidad de un nuevo asalto. Yo copio la idea de Miguel y saco todo de la cartera menos dos billetes... (ser Tig tiene tiene que tener algunas ventajas, como por ejemplo reaccionar con inteligencia en situaciones de violencia). Si les das la cartera entera no se van a parar a contar el dinero... Yo, sin embargo, dejo 200 pesos en la
cartera: Tig, más acostumbrado a las pistolas sólo les concede 40 pesos...

[Nota: mi hermano tiene una personalidad corporea llamada Miguel, en la que es dulce y tranquilo, y otra personalidad llamada Tig, con la que ha llegado a formar parte del equipo español de Counter Strike, un juego de ordenador en el que participan, precisamente, policías y terroristas.]

Me despierto en Campeche: he dormido cinco horas de un tirón. Ni siquiera la perspectiva de un nuevo asalto que nunca ocurrió ha logrado quitarme el sopor. Esta claro que no hay nada mejor que la biodramina para prevenir los efectos de un asalto a mano armada en medio de la noche, en alguna curva de la carretera que une San Cristobal con Palenque, con un bandido desvalijando todas las filas de un autobús menos las siguientes al asiento número 27...




jueves, septiembre 14, 2006

Blog "cerrado"

Después de muchos años de Ra y Mon, Escri y Be, he decidido "cerrarlo" y concentrar todos mis mensajes en un único blog: Pensamientos Aleatorios.

En un principio había pensado en mantener estilos y temáticas diferentes en cada blog, pero la falta de tiempo, los años pasados desde aquellos primeros mensajes en Lausana y otras muchas razones, me han hecho concluir que prefiero "publicar" todo en un mismo sitio web en lugar de dispersar las historias/anecdotas/curiosidades/etc.

Por tanto, a partir de ahora ya no mandaré mensajes a la lista de distribución, y tampoco pondré posts nuevos en este blog. Seguiré, claro, escribiendo historias "graciosas" sobre viajes y otras aventuras, pero tenderán a ser de tamaño más corto y estarán mezcladas entre otros pensamientos aleatorios que me vayan cruzando la mente.

Gracias por haberme leído durante todos estos años, y espero que sigáis haciéndolo en el blog anteriormente indicado.

domingo, agosto 13, 2006

Tallinn: cursillo del buen camarero

Nota: Si estáis planeando un viaje a Tallinn, os recomiendo que visitéis la guía de Tallinn que he escrito recientemente para BuscoUnViaje.com.

Desde hace un tiempo, tengo un pequeño sentimiento de culpabilidad, porque en estos mensajes siempre tiendo a ridiculizar al prójimo. Por eso, hoy quiero hacer una excepción, y espero que este mensaje les sea útil a todos esos camareros del mundo que quieren hacer mejor su trabajo.

Nos encontramos en Tallinn, capital de Estonia. Compañeros de viaje: mi familia. A todos nos gusta el buen comer, y por tanto, dentro de todo viaje la comida y la cena son momentos importantes y preparados con antelación. Hoy, por ejemplo, hemos visto en la guía que no muy lejos del hotel donde estamos hay un lugar llamado Ö que está altamente recomendado para cenar. Son ya las diez de la noche, y como cualquiera que haya salido de España sabe, uno no se puede retrasar mucho más de esa hora o se encontrará todas las cocinas cerradas.

Por eso, cuando descubrimos que Ö está en obras y cerrado, comenzamos a preocuparnos. Una noche sin cenar para mi familia es tentar la catátrofe: los nervios se templan, las sonrisas se vuelven serias y si encima la partida de cartas resulta reñida algún miembro familiar puede acabar deseando no serlo. Exagero, claro, pero hacedme caso: dadnos bien de comer.

Desesperados, corremos calle arriba y abajo sin lograr encontrar ningún lugar abierto. Incluso en una pizzería de comida rápida nos ponen de patitas en la calle. Entonces, detrás del edificio de Ö descubrimos un restaurante llamado "Jahimes", anunciado con fotos de platos que no parecen muy apetitosos pero cuyas luces parecen indicar que está abierto.

Entro en la sala precedido por mi padre y me dirijo hacia una mesa donde varios camareros charlan entre ellos. Tardan un rato en reaccionar, pero finalmente, uno de ellos se levanta y, bamboleándose, me pregunta qué quiero.

Yo, sorprendido por su pregunta y por su borrachera a todos ojos evidente, tardo un rato en contestar, pero luego logro explicarle que somos cinco personas y que queremos cenar. Él, congestionado y con la nariz completamente roja, sonríe de oreja a oreja y me dice que por supuesto. A continuación tiene lugar la siguiente conversación (literalmente traducida del inglés):

- ¿Quieren cenar dentro o fuera?
- Fuera mejor
- De acuerdo, siéntense en la terraza y ahora les traigo los menús.
- Ya los puedo sacar yo si lo prefiere.
- Tranquilo, tío. Déjame hacer mi trabajo.

Una vez fuera nos reparte los menús y acto seguido pregunta qué queremos. Nosotros le pedimos que nos deje un poco más de tiempo (es difícil elegir en menos de un segundo, sobre todo teniendo en cuenta el tamaño de la carta) y él dice: "ok, two minutes".

Abrimos las cartas y comienzan las risas y los gritos de sorpresa: "¡hay anguila!", "¡tienen serpiente de cascabel!", "¡aquí hay un guiso de tiburón!". Saco mi cuaderno y comenzamos a apuntar los diferentes animales ofertados en la carta, hasta contabilizar un total de 29. Y de cada uno hay varios platos diferentes...

Además de los animales anteriormente citados y de los habituales mamiferos (casi no tienen pescado) en su carta aparecen, entre otros, el antilope, el canguro, el alce, la avestruz y el bisonte. Comenzamos a debatir sobre qué pedir y las preferencias dan una idea de lo poco que nos fiamos de un restaurante que está vacío y que tiene más de 100 platos en su carta: pollo, pollo, pollo, pollo y ternera.

Como el camarero no ha vuelto a salir a la terraza desde que nos ha dado dos minutos para elegir, mi padre entra en el restaurante para avisar de que ya estamos listos. Al cabo de un rato sale y dice: "no nos dan de cenar. El camarero dice que han cerrado".

- ¿Qué? (a cuatro voces)
- Sí, le he avisado de que estábamos listos y me ha dicho que la cocina estaba cerrada. Yo le he preguntado que por qué no nos lo ha dicho antes, y él me ha contestado: "no me han preguntado".
- ¿Qué? (a cuatro voces)
- Lo que oís: no le hemos preguntado...

Como mi padre tiene una vena bromista que en el pasado ya hemos vivido durante los viajes familiares (es famosa la broma del oso en Yellowstone) yo le digo que no me lo creo y me meto en el restaurante. Allí me encuentro con el inefable camarero borracho al que le pregunto si es cierto que la cocina ha cerrado.

- Sí, la cocina ha cerrado y ya no damos cenas.
- Pero... ¿cómo puede ser? Nos ha hecho sentarnos, nos ha dado los menús y hemos estado esperando durante quince minutos a que saliera a tomarnos nota.
- That is your problem, not mine.

Como estos mensajes van dirigidos a todos públicos voy a evitar describir lo que siguió a esa respuesta. Mientras le cantaba las cuarenta al camarero (que me observaba desde su borrachera la mar de tranquilo) salió un cocinero, que nos observó durante unos segundos y luego volvió a meterse en la cocina. A pesar de mis esfuerzos, no logré extraer una explicación coherente del camarero sobre cómo era posible que nos hubiera hecho sentarnos y elegir comida siendo que la cocina estaba cerrada. Segun él me repitió en varias ocasiones, ese era nuestro problema y no el suyo, porque no le habíamos preguntado si la cocina estaba abierta.

Lección aprendida: en Estonia, aunque te sienten en la mesa y te den los menús, hay que asegurarse de que la cocina está abierta...

Finalmente logramos cenar en una pizzería del centro de Tallinn (en la que curiosamente, al ir a pedir pizza la camarera nos comunicó que tenían de todo menos pizza) y yo gané la partida al Continental, así que todos terminamos contentos y felices nuestra primera noche en Estonia. Las noches que siguieron tuvieron lugar en Riga, Haapsalu y Helsinki, y si encuentro tiempo y ganas para escribir (y no me ocurre nada digno de mención en mi siguiente destino), tengo un par de historias más que contar. También con camareros, claro...

Ahora te pediría que le envies este mensaje a todos los que conozcas, porque hay que lograr extender la palabra: si hubiera mas camareros asi en el mundo todos seriamos más felices, porque cada uno de nosotros tendría mil anécdotas que contar en las reuniones familiares. Y ya se sabe, una familia con anécdotas que compartir permanece unida...

lunes, julio 17, 2006

Nueva York 9: mi casa II

Aun cerrando el grifo de la bañera con fuerza, lo que cae no son gotas sino un chorro continuo de agua. Es Harlem y es normal, pero a mí me parecía una pérdida de agua innecesaria y convencí a Philip para cerrar el agua general cada vez que no estemos utilizándola.

Cada día de esta semana, al irme a dar mi ducha matutina he tenido que pasar varios minutos intentando abrir la llave del agua general: Philip la cerraba tan fuerte que necesitaba coger dos trapos y girar con todas mis fuerzas. Además, por alguna causa que no entendía, cada mañana encontraba la bayeta que compré para limpiar el vater fuera de lugar. Como soy un poco maniático con el orden, cada día después de abrir la llave del agua volvía a poner la bayeta en su sitio.

Ayer por fin vi a mi compañero de piso. Llevamos horarios radicalmente opuestos (él se levanta a las 5h30 de la mañana, yo llego a casa a partir de las 10) y no coincidimos mucho. Antes de que se metiera en su habitación, aproveché para decirle todo lo educamente que pude:

- Oye, cuando cierres la llave del agua... ¿puedes hacerlo un poco menos fuerte (para que no tenga que estrujarme los dedos cada día)?

- ¿La llave? ¿Te despierto cuando la cierro?

- No, no es una cuestion de despertarme. Es que casi no la puedo abrir.

- ¡Ah! Pero por eso pongo siempre la bayeta azul junto a la llave, para poder abrirla y cerrarla con facilidad

- Ya... pero es que esa es la bayeta que uso para limpiar el vater...

- (la cara más expresiva que he visto desde hace unos meses)

Esta mañana el grifo se podía abrir usando un solo dedo... Moraleja: añade a todos tus problemas una bayeta sucia y estos se resolverán.

Aparte de los problemas con la bañera, las cosas van bien por casa: Philip se ha comprado 6 puzzles nuevos y está entretenido con ellos en lugar de pensar en otros temas. Además, desde que he descubierto como aumentar tu vida hasta el infinito y a entrenar a otros seres humanos a que hagan lo que yo quiero, le tengo mucho menos miedo a los congeladores...

Lo que sigo sin encontrar agradable son las cucarachas: con el verano le han cogido el gusto a ir sin ropa, y ya se sabe... eso aumenta el apetito sexual. Así que ahora además de las cucarachas papás y mamás tenemos los hijitos, que son un poco menos asquerosos que sus projenitores pero siguen sin ser mi mascota favorita. Por las mañanas hay tantas en la cocina que antes de acercarme al fregadero soy unos golpes para que tengan tiempo de esconderse. Aunque a veces no funciona todo lo bien que me gustaría: el otro día en concreto cogí la cuchara del desayuno con cucaracha incluida, que decidió subirse por mi brazo hasta que yo decidí tirarla al suelo de un golpe y chafarla. (apunte: os habíais fijado que "cucaracha" y "cuchara" son prácticamente la misma palabra? En mi casa también son el mismo objeto...)

Cuando todavía no había tenido tiempo de limpiar el cadaver de cucaracha, alguien llamó a la puerta. Como Philip me tiene bien entrenado y mi sentido del miedo se ha visto acrecentado gracias a los maravillosos periodistas de este país, pregunté antes de abrir:

- Whose there?
- Terminator! (en inglés de NY pronunciado: termineiror)

¡Ya está! Un bromista de correos - pensé...

- Whose there?
- The terminator, please open the door.

Alguien que se considera a sí mismo un robot enviado del futuro para proteger/matar a un humano no puede ser malo, me dije. Y abrí la puerta...

- Who are you? (porque realmente tenía un look a lo terminator, incluso con su depósito y pistola aspersora colgando de la espalda)
- I am the exterminator, can I come in?

Por lo visto las puertas de madera tienen una tendencia a comerse los sonidos "ex"...

Me informé de si tenía que pagar o no (en Barcelona he renunciado a usar exterminadores para mis ratones: cobran muy caro y los ratones se les ríen en la cara) y como era gratis le dejé pasar.

- Where are you from? - me preguntó. (sí, a veces detectan que no soy americano)
- Spain.
- Ah, well... I don't know in Spain but here it is mandatory that the landlord pays for the exterminator
- Ah.

Ya veis, tolerancia cero incluso con los pobres insectos...

El terminator de cucarachas la verdad es que no fue muy efectivo y sigue habiendo tantas como antes de que él viniera, pero a mí ya me da igual porque, aparte de que me quedan dos semanas aquí, he decidido comer en platos de plástico y así estrenar vajilla cada día. Es la única forma de estar seguro de que una cucaracha no ha pasado por tu plato. Y así de paso me adapto a la filosofía que impera en esta sociedad: consume todo lo que puedas porque todo lo que tú dejes atrás puede que lo use otra persona. Y si no me creéis, un ejemplo aquí.

miércoles, julio 05, 2006

Publicidad

Perdón por la publicidad que habéis recibido últimamente al conectaros a este blog. El contador de visitas que tenía colocado en el blog se había tomado libertades que no le correspondían... Ya lo he quitado.

martes, julio 04, 2006

Nueva York 8: en correos

Esta mañana he ido a correos (United States Postal Service). Tenía un poco de prisa así que cuando he visto la cola que había frente a las ventanillas he pensado en irme y volver otro día. Pero los documentos que debía enviar eran importantes así que he decidido quedarme.

Uno tras otro, mis vecinos african-americans iban pasando por una de las dos ventanillas abiertas, tardando una eternidad en darle una ficha a la señorita, firmar un papel, recibir unos billetes y contar que la cantidad de dinero era correcta. Por qué estaban todos en correos y por qué recibían todos tanto dinero se me escapa, pero el caso es que esa cola avanzaba milímetro a milímetro. Hasta que una sonrisa me ha asomado en la cara: desde mi posición entre dos señoras de 150 quilos cada una he distinguido en la entrada de la oficina los que iban a ser mis salvadores: una balanza, una máquina expendedora de sellos y un buzón.

"Esta es la mía" - he pensado - "no hace falta que haga la cola". Y directo hacia la balanza me he ido...

Lógicamente, y en concordancia con el aspecto tercermundista de la oficina de correos, la balanza no funcionaba. Le he dado a todos los botones que había allí, pero una de dos: o mis diez folios de documentos tenían peso nulo o la balanza no estaba equilibrada. Como entretanto la cola había aumentado en varias personas, he decidido adoptar una estrategia "Ra" y "Mon": he presionado la báscula con mi dedo hasta que ésta ha marcado el peso que yo estimaba tenía el sobre, y luego le he dado al boton de calcular el precio. Resultado: "1.70$".

Con esa información en mente me he dirigido a la máquina expendedora de sellos. Me ha costado un rato entender su funcionamiento, pero finalmente he podido deducir que tenía tres posibilidades: 1) comprar sellos de 39 centavos, 2) comprar sellos de 3 centavos y 3) comprar postales. En un día en el que yo hubiera estado más receptivo y menos estresado, eso podría haberse convertido en la divertida actividad de "calcula el mínimo numero de sellos que necesitas comprar para llegar a 1.70$ si dispones de unidades de 39 y 3 centavos". Pero hoy no me he levantado con espíritu muy científico, así que he optado por una solución "Ara" y "Gues" (frente a la otra solucion de hacer el cálculo, que hubiera sido "Pele" y "Ato"): comprar 6 sellos de 39 centavos. Me he dicho: tengamos en cuenta que mi dedo sobre la balanza no es el método más exacto de medir el peso de una carta y que además ni siquera estoy seguro de haberle dado al buen botón. Prefiero pasarme de largo...

El billete más pequeño que tenía era de 5$, así que después de comprar los seis sellos de 39 centavos esperaba un cambio de 2.66$. Pero es una ley de vida que las máquinas nunca dan cambio, y en EEUU las leyes se respetan. Me he quedado con cara de tonto mirando a la máquina, golpeándola y apretando todos los botones que en ella había. Al menos, me he dicho, que me diera otros 6 sellos de 39 centavos. ¡Quién hubiera dicho que 5$ se puede subdividir en unidades de 39 centavos! Yo no, desde luego...

Pero no... la máquina tampoco quería darme más sellos. Yo tampoco los necesitaba para nada, pero lo hubiera preferido a perder el dinero. Al menos podría haber puesto los 5$ en sellos en mi sobre y así quedarme tranquilo.

Una señora con sombrero, gafas, bastón y mirada dominante se ha acercado y me ha preguntado si me ocurría algo. Se lo he explicado, ella ha leído por mí todas las palabras que aparecían en la máquina, ha decidido que no había nada que hacer y luego se ha vuelto a sentar en el borde de la ventana junto a otra señora. Esta última, con su taca-taca. Y ambas, con pintas de estar pasando la mañana en la oficina de correos, pues ni estaban en la cola ni esperaban a nadie en particular.

Yo, harto de la vida y de correos, he puesto los sellos en el sobre, lo he metido en el buzon y me he dirigido a la salida, dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva y dejar ese incidente atrás. Pero en la puerta estaba la señora del bastón, que me ha bloqueado el paso y me ha dicho: ¿no te vas a ir sin reclamar tu dinero de vuelta, verdad? Es mucho dinero... Yo me he colapsado un poco y me ha dado verguenza irme sin intentar recuperar esa gran cantidad de dinero, así que siguiendo su consejo he ido a hablar con la señorita de correos (de 120 quilos de peso, trenzas y mirada penetrante). Ella inmediatamente me ha dicho que no sabía nada sobre esa máquina, que ella no era responsable. Un poco más y me dice que es la primera vez que la ve...

Con esa coartada y harto de estar perdiendo el tiempo, he vuelto a dirigirme hacia la salida. Allí la señora del bastón me ha vuelto a decir: "yo iría a información a pedir que te devuelvan el dinero". Y yo, dócil y entregado a la desesperación, he ido a información.

Despues de cinco minutos llamando al timbre (y viendo como el que inicialmente me precedía en la cola de las ventanillas salía de correos con sus objetivos cumplidos) ha aparecido un hombre (de 50 quilos, calvo, mirada perdida) que me ha preguntado qué quería. Se lo he explicado y me ha dicho que ellos no eran responsables de la máquina. Le he dicho que cúal era entonces la solución (no quería volver a enfrentarme a la señora del bastón con otro fracaso) y él me ha dicho: "puedes rellenar un formulario". Y de un cajón, ha sacado un formulario titulado "Stamp vending Machine Reimbursemen Request" (Petición de reembolso para la máquina de sellos).

¡Tienen hasta un formulario para los fallos de la máquina! No me lo podía creer...




Lo he rellenado completo salvo el lugar donde ponía "machine ID (A 6 digit number on the front of the vending machine)", porque en la máquina en cuestión no había ningún identificador. Estos sí que son listos... tienen un formulario que lo envían a algún lugar indeterminado para que te reembolsen, pero en dicho lugar ignoran que máquina ha dado el problema y todas las quejas se archivan. Y para asegurarse todavía más de que seas consciente de que estás haciendo algo "malo", en la parte de abajo del formulario ponía: "the submission of a false, ficticious, or fraudulent statement may result in imprisonment of up to 5 years and a fine of up to $250,000".

He vuelto a información, pero ahora había allí otras dos personas (una de ellas con el dedo sobre el timbre, llamando frenéticamente) y al cabo de 5 minutos esperando sin que apareciera el hombrecillo me he ido. Al pasar junto a la señora del bastón he bajado la mirada, admitiendo mi fracaso. A veces en la vida es conveniente perder para poder seguir viviendo...

Nota: ahora que en la foto veo el formulario que yo habia rellenado, me alegro de no haberlo entregado... ¡en el calculo mental rápido que habia hecho en correos me he confundido y estaba reclamando 6 centavos de menos! Y eso era claramente fraudulento... y me merecía los cinco años de cárcel.

lunes, junio 26, 2006

Nueva York 7: el otro

Mi estancia en Nueva York se vio interrumpida durante unos días para volver a Barcelona. Entre otras razones estaba la boda de Rut, pero mi principal motivación era comprobar si mi casa seguía en pie: hace unas semanas hubo una reunión de vecinos y las cosas están calientes por el Raval...

Hay buenas noticias -van a hacer peatonales todas las calles de mi zona- y otras no tan buenas: por ejemplo, ya han robado en todos los entresuelos de mi edificio; y vuelve a haber ratones; y la mitad de vecinos no se habla con la otra mitad. Ah, me olvidaba... y algún traficante de cocaína decidió que la terraza de enfrente de mi piso era un buen lugar donde guardar la mercancía, y colocó varias bolsas en cada una de las macetas de mis vecinos del 4-2. Muy divertido y agradable el asunto... Hice un comentario al respecto el otro día en mi nuevo blog de "Pensamientos Aleatorios"

Por lo demás, todo seguía más o menos igual: la vecina de abajo sigue hablando sola en su terraza, estamos en juicios contra cuatro vecinos que deben a la comunidad 6000 Euros, la loca del segundo piso me lanzó un par de gritos cuando le dije a sus hermanos que el ascensor no era para jugar, ... Todo continúa siendo muy divertido.

Lo mas reseñable del viaje ocurrió a la vuelta. Yo tengo una especial habilidad con dos tipos de situaciones: los dependientes de tiendas que me odian (próxima crónica de Ra y Mon, Escri y Be: "todos me odian") y los aeropuertos/aviones. Esta vez el viaje fue agradable pero fui testigo de varias situaciones muy graciosas. Por ejemplo, en la cola del check-in... EEUU obliga ahora a las compañias de avión americanas a comprobar la 'peligrosidad' de los pasajeros antes de subir al avión. Para ello, hay unos 'especialistas en seguridad' que antes de entrar a facturar te hacen una serie de preguntas muy complicadas para que -si eres un terrorista- te autodelates al no saber contestarlas...

- ¿Qué ha venido a hacer a España?
- Tenía una boda
- ¿De quién?
- De una amiga
- ¿Y dónde se ha alojado?
- Con mi amiga - es broma, je je
- Me puede dar la dirección donde se ha alojado -muy serio.
- Sí, en mi casa
- ¿Tiene una casa en España?
- Sí.
- Ah.
- Ah. (tentado de decirle... ¿pero no ves que soy de Zaragoza por mucho pasaporte americano que tenga?)
- ¿Y sabe la dirección?
- ¿De mi casa?
- Sí
- Claro, es mi casa.
- ¿Y me la puede dar?
- (se la doy... que pesado...)
- ¿Y ha hecho usted mismo el equipaje?
- ....

En este punto ya me había cansado de hacer el tonto y le di todas las respuestas estándar para estas preguntas estúpidas. El genio que se crea que un terrorista no se sabe hacer el equipaje el mismo... ¡vamos, por favor! Mr President: los terroristas también se saben hacer el equipaje.

Pero en la cola habia muchas parejas de recién casados, y por algun capricho del destino (o de las agencias de viajes, o del cierzo, o...) eran casi todas de Zaragoza. Y no sólo eran de Zaragoza sino que varias de esas parejas sospecho que nunca habían ido más allá de Botorrita. Transcribo palabra por palabra la conversación que se produjo entre el 'experto' en seguridad y la moza que iba detrás de mí...

- ...
- ¿Y ha hecho usted misma el equipaje?
- Bueno, me ayudó mi madre, pero yo estaba delante.
- ¿Y alguien le ha entregado algo después de que tuviera el equipaje finalizado?
- Ayyyyyy.... ¡no sé! Yo creo que no... - dirigiéndose a su marido -¿a ti alguien te ha dado algo? Ay, ¡qué digo! No nos han dado nada... Lo que sí que nos han encargado muchas cosas para traer de vuelta...
- ?
- ¡Pero son cosas como gorras y camisetas! Ja Ja Ja, Je Je Je
- ?
- (el recién marido ríe también en voz bajita: ji ji ji. Por dentro, y aquí estoy elucubrando, piensa: que graciosa es mi mujer)
- De acuerdo: ¿llevan sus maletas listas, verdad?
- Ay, bueno: yo llevo la suya -señala a su marido- porque pesa menos. Ja Ja Ja Ja Ja, Je Je Je Je Je
- Pasen, pasen...


Otra de las conversaciones que se produjo a mi lado no fue tan divertida. Una americana le decía a otra: "I'm so ready to go back home". Que viene a decir (esta gente vive en un eufemismo vital continuo): "tengo unas ganas de volver a casa increíbles". La otra le preguntó por qué y la americana so-ready-to-go-home rápidamente resumió su impresión de Barcelona: la gente es ruda, el servicio deplorable y la ciudad está guarrísima (filthy). En los dos primeros puntos discreparía. El tercero no era una opinión, es una realidad...

En el avión me tocó sentarme con una adolescente que viajaba con sus padres, y descargó toda su indiferencia familiar sobre mí. Yo tampoco tenía muchas ganas de hablar, pero es que ella ponía una cara de asco...

Casualidad de las casualidades, en la cola de llegada a la inmigracion de Nueva York me encontré con Josep, que también volvía de la boda, acompañado de sus sobrinas. Josep, además de ser muy majo y de buscar apartamentos para la gente que viene a Nueva York (por si os hace falta, su email es: apartamentos_gratis@newyork.com), es el único ser humano en el mundo que teniendo menos de treinta años tiene sobrinas, sobrinas-nietas y un sobrino mas mayor que él. Como Josep pasaba por la cola de españoles-peligrosos-a-los-que-hay-que-hacerles-fotos-y-huellas-dactilares y yo por la de americanos-buenos-que-nunca-han-hecho-nada-malo, tuve que esperar un rato en la recogida de maletas y, cómo no, descubrí que una de esas parejas de recién casados no me era ajena: ¡reconocí a un compañero de carrera!

Yo no soy muy bueno con los nombres -ya lo he contado aquí alguna vez- pero esta vez algo se iluminó en mi mente: "¡Germán!". Hay que decir que tuve casi diez minutos para que se iluminara mi mente, porque su maleta no salía, pero aprovechando esa novedad memorística a la que no estoy acostumbrado, cuando pasó a mi lado dije "German", no tan fuerte como para que se asustara en caso de que me hubiera confundido pero tampoco de una forma que se pudiera confundir con un murmullo interior.

¡Y entonces vi el pánico en sus ojos! ¡Esa mirada desesperada que yo he lanzado tantas veces al no recordar un nombre! ¡Germán no se acordaba de cómo me llamaba! Qué placer... pero como tampoco soy sádico y sé que se pasa mal en esas situaciones (y además, estaba su recién esposa a su lado) le dije:

- Hola, soy Ramón. Un compañero de carrera.
- Sí, sí, te he reconocido.
- Ya.
- Pero tú no eres Ramón, eres Pablo.

¿Ehhhh? ¿Cómo? Esto sí que es bueno... o este chico no tiene mucha experiencia en no reconocer a la gente o es un temerario. La regla número uno es que si alguien te dice "me llamo X" tú te lo tienes que creer y decirle "Hola X, ¿qué tal estás?". Cambiarle el nombre a alguien pase... ¿pero negárselo? ¿Aplicará Germán esa estrategia a menudo en su vida? Irá a visitar a los clientes y cuando el directivo de una empresa se presente -"Hola, soy Joaquín"- Germán le apretará la mano diciéndole "¿Cómo andas, Eulogio?".

- No, no. Yo soy Ramón.
- No, Ramón era el otro.

¿Qué? ¡Es que lo impresionante es que no me lo decía en broma! ¡Me estaba intentando convencer de que yo no era Ramón, que yo era Pablo! Ya casi hasta me enfadé...

- Oye, de verdad. Que soy Ramón.
- Bueno, vale. Creía que eras el otro, Pablo.

¿El otro? Ahora cobro consciencia de que durante la carrera yo era "el otro". Si alguien le había encargado a German que me bajara el ego, hay que decir que lo consiguió. ¿El otro? Y es que lo mejor es que sí, había un Pablo en mi clase, pero creo que, aparte de las primeras semanas de primero, no hablé con él más de tres frases durante los siguientes cinco años... Eso sí, los dos éramos de Marianistas... Quizás Marianistas marque tanto que seré "el otro" por siempre jamás...

Como esa conversación no iba a ningún lugar les pregunté qué venían a hacer a Nueva York -pregunta obvia, lo admito... pero a lo mejor Germán pensaba que estaban en OTRA ciudad con un nombre diferente-. German dijo que se acababan de casarse y luego se despidió rápidamente, como si tuviera prisa por ir al hotel. Yo creo que a este chico le ha pasado algo desde aquella época en la que él era uno más de la clase y yo "el otro".

Salieron Josep y sus sobrinas - ahora no estoy seguro de si estas eran sobrinas o sobrinas-nietas - y juntos cogimos un taxi, lo que minimiza el numero de historias originales que te pueden ocurrir pero garantiza que estarás en casa en un tiempo óptimo. Siendo que en Nueva York, un tiempo de transporte óptimo varía entre una hora y varios días. Por ejemplo, hace unas semanas se inundaron todos los metros que cruzan de Manhattan a Queens y la gente tuvo que andar 4-5 horas para volver a casa. Pero esto ya pertenece a otra crónica: moviéndose por Nueva York.

jueves, junio 15, 2006

Nueva York 6: Misa Harlem

Nota: Si estáis planeando un viaje a Nueva York, os recomiendo que visitéis la guía de Nueva York que he escrito recientemente para BuscoUnViaje.com. También tenemos una guía de Estados Unidos y recientemente hemos escrito en el blog unos consejos para desayunar en Nueva York.

En los tiempos que corren, pobres en espiritualidad de la verdadera y ricos en teorías basadas en seres supraterrenales de poderes inimaginables que nos transmiten su doctrina a través de mensajeros poco fiables, cada vez menos gente va a misa. Pero eso es en Europa... En EE.UU. las iglesias se llenan los domingos, los políticos afirman creer en el único Dios porque de otro modo nadie les votaría y a muy pocos les extraña que el presidente invoque a Dios para justificar sus acciones. A fin de cuentas, incluso en los billetes pone 'God Bless America'... y si lo dice el dinero...

Sin embargo, todos los domingos las iglesias de Harlem reciben la visita de europeos deseosos de ver que es eso de una misa gospel. Uno puede imaginarse más o menos en que consiste ese tipo de misa por las películas, pero hasta que uno no lo vive en persona no puede llegar a entender la dimensión que este espectáculo - y digo bien, espectáculo - puede alcanzar.

A las diez y media de la mañana me recogen en mi casa Josep, Eric, Brigitte y Clara. Josep es el amigo que me encontró la habitación en casa de Philip -y por lo que le estoy muy agradecido, principalmente porque abrir la puerta de entrada es una aventura apasionante cada día- y Eric, Brigitte y Clara están en Nueva York por diversas razones: trabajo, vida y turismo. Han llegado un tanto tarde -habíamos quedado a las diez y cuarto- y yo estoy un poco tenso porque no quiero entrar en una misa ya comenzada, con lo que supone eso de ruptura del ritual. Corriendo un poco, vamos desde Manhattan Ave. & 116th St (mi casa) hasta Malcom X Ave. & 126th St (la iglesia a la que vamos). llegamos con las gotas de sudor cayendo por nuestras mejillas pero a justo a tiempo. En la puerta, un hombre con un traje blanco y sombrero del mismo color nos recibe con un apretón de manos y una sonrisa. Yo me alegro de haberme puesto mi única camisa...

Subimos las escaleras hasta el primer piso y entramos en la iglesia, que si no fuera por las cruces y el (especie de) altar-escenario se podría pensar que es una sala de conferencias. Nada más entrar me doy cuenta de que mis prisas no tenían ningún sentido: en la sala sólo hay cuatro o
cinco personas y en el escenario, aparte de dos 'padres' con túnicas negras, una señora que baila, un batería, el guitarrista y el pianista, no hay nadie más. La señora que parece encargada de organizar las cosas nos manda hacia las filas traseras, donde una chica con un traje azul ya se ha colocado frente a una esquina con los brazos abiertos en cruz y se tambalea al ritmo de lo que parecen ser sus rezos interiores. Somos y seremos los únicos blancos, pero en todo momento nos sonríen e incluso alguno se acerca hasta nosotros para darnos la bienvenida.

Durante las siguientes dos horas van entrando afroamericanos (así es como les gusta a ellos que les llames... aunque a mí la palabra me hace pensar en un DJ de pelo rizado en forma de bola) trajeados, cada cual más elegante que el anterior. Esta gente tiene dos ventajas sobre nosotros: no tienen sentido del ridículo y los trajes de colorines les quedan bien. Yo no consigo visualizar a mis abuelas vestidas de rosa, con enaguas, sombrero -rosa también- con flor y zapatos rosas, y sin embargo aquí hay varias señoras muy mayores que llevan combinaciones a cada cual más atrevida. Y tampoco imagino a mis abuelas levantándose en una misa y marcándose un break dance, pero aquí las que llaman la atención son las que no lo hacen. Al ritmo de los diferentes 'presentadores' que se van sucediendo en el escenario, la gente levanta los brazos y grita "Aleluya" o "Amen" (en cierto momento Brigitte se vuelve hacia mí y me pregunta: "¿por que dicen 'ey, man'? ¿A que se refiere? ¿nos esta diciendo 'eh, tíos'?" ), a otros les da el baile de San Vito y vibran girando y diciendo "oh, yeah, I feel God", algunos emprenden un diálogo en voz alta sobre las cuestiones que el cantante-pastor plantea, ...

Hacia mitad de la misa reparo atónito en que los rollos de papel que hay en cada hilera de bancos no son para sonarse los mocos (perdón) ni para secarse el sudor, sino para evitar que las lágrimas de emoción les goteen por la cara. Cuando la cantante-hermana alcanza el clímax, con el batería marcando cada una de sus palabras con un golpe de platillo - "oh, yeah! God loves you! And he is working for you... who is feeling God working for him? You? Yeah! Amen! I feel it! The lord is working for me! oh yeah, aleluya!"- numerosas personas se dirigen a los rollos de papel, cogen un trozo y se secan los ojos... Luego, vuelven a sus bancos y siguen llorando, en silencio o gritando, pero siempre con los brazos en alto y moviendo la cadera al ritmo del coro. Por cierto, ahora en el escenario hay unas cuarenta personas: la mayoría son voluntarios que se han ido uniendo al coro y cantan con un ritmo y unas voces que me hacen sentir torpe y blanquito. Y es que lo soy... sobre todo cuando la boca se me queda abierta de asombro al escuchar desde el escenario la frase del padre que lleva ahora la batuta, que simula hacer footing frente al micrófono y dice: "I feel like terminator". Lo que sigue no lo entiendo porque mis oídos están bloqueados por el impacto de que un cura se identifique con terminator...

Josep y Clara ya han decidido hace días que los negros son una raza superior -por sus cuerpos, por su alegría estruendosa, por sus voces, ...- y salen de la iglesia durante el intercambio entre dos 'presentadores'. Les llamo 'presentadores' porque si les llamara curas no captaríais su papel en este espectáculo: esto no es una misa de las que estamos acostumbrados (en las dos primeras horas no se ha producido ningún protocolo de los que las misas más tradicionales están llenas), es más bien un concierto en el que la temática es religiosa y la gente llora de emoción mística. Eric, Brigitte y yo nos quedamos un rato más, esperando que suba a la tribuna el cura 'serio', el titular de la iglesia. Pero incluso cuando éste sale a escena las cosas cambian bien poco: dice un par de mensajes simples - 'no hay que ser impacientes en la vida'- y luego se pone a cantar otra vez. Y en los cantos, el mensaje es todavía más concreto: "God loves you and he is working for you. Love is contagious". Desde luego, esta gente ha logrado darle un formato a la misa que les hace estar mucho más cerca de su espiritualidad. Incluso cuando pasa la cesta para las limosnas - en este caso, el padre recomienda que hoy demos siete dólares cada uno; el domingo siguiente serán diez dólares porque tienen que comprar comida para pentecostés- la gente se emociona y muchos escriben en un papel sus 'necessary changes' y los introducen en la cesta junto al dinero.

Ya tenemos suficiente y esto parece que va para largo. A las dos horas y media de haber comenzado 'la misa' nos vamos, sin haber asistido a un solo ritual prediseñado pero asombrados de como viven aquí la religión. Yo no me siento más cerca del paraíso ahora que antes, pero me lo he pasado casi tan bien como cuando voy a bailar minimal-house-electro a una discoteca. Sólo me falta perder el miedo al ridículo y ponerme a bailar con ellos, y ya no necesitaré salir por las noches; y encima esto es (casi) gratis.